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Recetas, Gastronomía y Cocina

Lasañas, una de las mejores formas de pasta para aprovechar restos

Cada vez más, la lasaña está presente en nuestra alimentación. Más sencilla que los canelones, constituye un plato por si mismo. Conozcámos algunas recetas.

 

La lasaña se hace de pasta, pero muchas veces debemos de decidir si la pasta que vamos a hacer es de la fresca o de la que compramos seca. La fresca tiene siempre ese punto que le podemos dar, aparte de que es una pasta de harina y huevo, lo que la hace más fina y nutritiva. Pero tiene el inconveniente de que debemos de hacerla nosotros a mano y estirarla en la laminadora, principalmente en la pequeña. Normalmente, no solemos disponer de ella en una casa.

Lasaña

La  pasta seca se venden de varias formas. En las de cocer, siempre hay que pensar en qué punto las debemos poner. Si la salsa que va a llevar es bastante líquida y la vamos a hacer con un par de horas de antelación, lo mejor es dejarla algo más de tres minutos menos de cocción de lo que indique el fabricante. De esta forma evitaremos que se pase y se convierta en un emplaste incomestible y poco agradable en la boca. Si la salsa o el relleno es poco líquido, la dejaremos uno o dos minutos menos de cocción, porque, de esta forma, sentiremos la pasta en el paladar. A mí, personalmente, me gusta sentir la pasta. Me gusta morderla, no que desaparezca en una extraña amalgama.

En el caso de comprarla de las de sólo humedecer, podemos aplicar el siguiente truco: ponerlas sin humedecer, pero haciendo la salsa y el relleno más líquidos, y dejándola unos minutos fuera antes de meterla en el horno.

Lo que realmente es la lasaña, así como otras muchas pastas, es una forma de aprovechar restos. Cuando hablo de restos, me refiero, como dijo Picadillo y antes el señor Dumas, a los restos nobles. A esos restos de carne, pescado o verduras que no henos sido capaces de comernos, que se han quedado en la fuente u olla, ante nuestros ojos glotones, pero con el rechazo de un estómago demasiado lleno.

Con estos restos de asados, guisos y cocidos es con los que podemos hacernos unas espléndidas lasañas. Siempre hay que tener en cuenta que la salsa  bolognesa, decía Verdi, había que hacerla con la generosidad del carnero del día anterior. Si, porque era ese corderito asado el que se picaba. Y a la salsa de tomate se le añade la salsa del cordero, lo que la deja magistral. Olvídense de la carne picada.

Y porque no hacerla de pescado asado o hecho en salsa. Sólo hay que quitarle las espinas y engordar la salsa con salsa de tomate o bechamel. Quedará riquísimo. lasana-horno
Claro que si recordamos, me pongo a pensar en esa vez que transformamos los pocos restos de un bacalao al ajoarriero en una lasaña. La hacíamos para la familia, en honor a un cocinero de postín, al que los ojos le tornaron en blanco ante esa exquisitez. Con el toque delicado de ponerle unas crestas de gallo frititas en virutillas por encima ayudó bastante al resultado final.  Y esa lasaña con que me honraron unos amigos, que había sido un cocido antes, y que las mezclas de carnes melosas y embutidos estaban amalgamadas por una salsa de tomate fresco con cominos, y un poco de queso fresco.

O esa otra, tan apañada, que solemos dedicarnos a hacernos, cuando estamos francamente bestias. La llamamos el suicidio de quesos, lleva un poco de salsa de tomate, bien especiada, y capas de tres quesos diferentes, cada capa de uno previamente rallado, triturado o fundido en un poco de bechamel. Lamentable, ya que está deliciosa con esos toques de Montenebro, esas lascas de manchego y  ese extraño puré de Cabrales mezclado con sidra. Todo en caliente y gratinado.

También podemos hacer una lasaña vegetariana: de pisto, con quesito de pata de mulo o cualquiera de oveja curado, rallado por encima solo en el momento de ir a gratinarla. Y eso de darle un toque absolutamente novedoso. Podemos reemplazar la pasta por una hojas de repollo. Creo que la de cocido hubiese salido aún más deliciosa. O una tiras de calabacín a modo de pasta para esos restos de pollo. Si nos da como muy vegetarianos podemos hacerlo con queso fresco, salteando el calabacín así podremos incluso comerlo frío. O bien con unas tiras de berenjena.

Cuidado que vamos a terminar inventando ese plato greco turco que es la musaka. Claro que siempre podemos comerla fría. Tal vez una lasaña de salpicón de pulpo o con unos mejillones con una salsa de esas espesitas. No llevaría queso, pero estaría deliciosa.

Porque las podemos servir a modo de ensaladas frías y frescas de verano, de pasta, pero haciéndolo por capas. En este caso no llevaría bechamel. Pero, si lo que queremos es que se quede un poco compacto, con un toque de queso fresco vale. Sin queso quedaría más ligera.


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