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Recetas, Gastronomía y Cocina

El Roscón de Reyes. Color, olor, sabor… ¿y qué más?

Roscón de Reyes

Un dulce acompañado de tres Reyes...

 

El chocolate burbujea en la cocina, bajo la atenta mirada de unos ojos cariñosos que lo revuelven cada vez que protesta demasiado.

En el salón, las voces infantiles se entremezclan en gritos y risas, en sonidos de asombro y expresiones de sorpresa: hoy es 6 de enero, un día especial en el que quizá se vean cumplidos los más recónditos deseos de mayores y pequeños, seguramente porque los traigan, a lomos de sus camellos, tres mágicos personajes que en estos días han recorrido el paisaje de nuestro belén: los Reyes Magos. Melchor, Gaspar y Baltasar han visitado nuestra casa esta noche, sigilosos mientras dormíamos, sujetando bien sus camellos para no hacer ruido, hasta acabar de colocar con mucho cuidado, los regalos sobre el sofá. Luego, se han detenido un momento y han tomado la copita de anís y el polvorón que les dejamos anoche sobre la mesita, con la finalidad de que descasaran unos segundos, antes de continuar con su agotador trabajo. Mientras, en la cocina, continúa el sonido del burbujeo sobre la lumbre y la cuchara vuelve a dar una nueva vuelta dentro del humeante puchero para evitar que el desayuno de hoy, quizá el más especial del año, se pegue al fondo.

La casa huele a Navidad y a chocolate, a vocecillas asombradas y polvorones, a magia y anís, y en esta mañana del día de Reyes, sobre todo huele a roscón. Y ahora, tras abrir paquetes y desenvolver regalos, es el momento de apagar el fuego, servir el chocolate y reunirnos de nuevo alrededor de la mesa, para saborear, un año más, un trocito de roscón.

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Algunas teorías sobre el origen de tan navideño bollo, nos remiten muy atrás en el tiempo, hasta hacernos llegar a la antigua Roma. En aquellos tiempos, el principio del año estaba marcado por las ceremonias en honor a Jano, el inquietante dios de las puertas. Su imagen fue tan misteriosa como su origen: a diferencia de otros dioses, la figura de Jano no procede de la rica mitología griega, asimilada después por los romanos, sino que fue una deidad de procedencia itálica, anterior incluso a la propia Roma. En sus celebraciones, los antiguos romanos acostumbraban a repartir entre las clases más desfavorecidas, unas tortas dulces de forma redonda, en cuyo interior se encontraba escondida un haba seca que representaba la prosperidad. El afortunado que localizaba el haba en el trozo de torta que le había correspondido en el reparto, era aclamado como simbólico "rey" durante un cierto período de tiempo.

Alrededor de la mesa continúan risas y charlas, entremezclándose con el ruido de tazas, platos y cucharitas que se agitan dentro del chocolate, mientras el más osado se acerca para partir una porción del enorme bollo redondo y suavemente tostado, con un agujero en su centro y artísticamente adornado por un caminito de azúcar que sortea montecillos de almendras y ríos de fruta escarchada de colores verdes y rojos. Alrededor de la mesa se hace el silencio por unos instantes, cuando los ojos de los presentes se detienen sobre la figura del osado, que parte su trocito de roscón y mira ansiosamente, comprobando si dentro del pedacito, se encuentra la "sorpresa".

Para volver a encontrar la tradición del roscón como parte integrante de las costumbres navideñas, hubo que esperar hasta el siglo X, cuando en Centro Europa apareció de nuevo la tradición de festejar la llegada de Melchor, Gaspar y Baltasar hasta el portalillo donde encontraron al Niño Jesús. Fue la forma de transformar en una tradición cristiana el ancestral rito pagano de escoger un simbólico "rey" entre las gentes más humildes, adaptando las antiguas celebraciones paganas a los nuevos tiempos, de forma muy similar a la evolución sufrida por los ritos del solsticio de invierno y la Navidad cristiana. Entonces, al igual que ahora, la familia se reunía alrededor de la mesa, en torno a una torta dulce en cuyo interior se encontraba un haba, de la misma forma que en los lejanos tiempos en que Roma podía llamar al Mediterráneo "Mare Nostrum"; aunque en esa ocasión la pequeña legumbre era el símbolo del pequeño bebé al que unos Magos buscaron una vez, hace muchos siglos. Posteriormente, la costumbre se extendió por toda Europa y llegó a España con el paso de los siglos, de la mano del rey Felipe V.

Y en la cocina, las charlas se repiten en torno a la mesa, y de nuevo llegan a nuestros oídos risas y voces, en un confuso y desordenado batiburrillo, mientras el chocolate vuelve a burbujear sobre los fogones, porque aunque casi nos hemos comido todo nuestro roscón, todavía no ha aparecido la pequeña figurita de porcelana que substituye al haba de nuestros lejanos antecesores.


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