Las abejas liban el néctar de un
amplio repertorio de especies para producir una miel con identidad propia.
Entre éstas se cuentan aquellas que tienen capacidad para la producción de
mieles monoflorales, a las que se le suman otras muchas que mejoran y redondean
el producto.
Por eso mismo, no todo la miel de
mil flores tienen la misma textura o el mismo paladar. La miel de las zonas
costeras procede, por ejemplo, de la flor del eucalipto y de otras especies
como el sauce o plantas de la familia de las boragináceas, de las compuestas
(diente de león, lechuga silvestre, cardos…), de las crucíferas, de las
leguminosas y de las rosáceas.
En las zonas del interior, además
del castaño, la zarza y las brezos, plantas leguminosas y campanuláceas y, en
menor medida, labiadas y crucíferas, condicionan la producción de una miel
netamente diferente a la de la franja costera.













