Lava las patatas con la piel hasta eliminar cualquier resto de tierra.
Acerca una olla llena de agua sazonada con sal al fuego y cuece en ella las patatas con piel (de esta manera conservarán más vitaminas que peladas) hasta que estén tiernas.
Mientras tanto, quítale las raíces a la cebolleta y la parte del tallo excesivamente verde; córtala en aros muy finos y pica éstos.
Lava el perejil, escúrrelo hasta que esté casi seco y pica sus hojas finamente.
En caso de que fueses a utilizar el eneldo fresco, lávalo, escúrrelo, retira las ramitas demasiado gruesas y pica el resto.
Calienta la mantequilla en una sartén y cuando se haya derretido por completo, añade la harina, para hacer una bechamel; no dejes de remover ni un instante; cuando la harina se haya dorado, ve añadiendo la leche poco a poco, sin dejar de remover ni un instante para evitar que se formen grumos; en cuanto hayas conseguido una consistencia cremosa, retira la bechamel del fuego.
Agrégale el perejil picado, el eneldo, picado o seco, y la cebolleta. Sazona además con sal, pimienta y nuez moscada.
Vierte la bechamel en una fuente de barro o una resistente al calor y pon sobre ella cuatro huevos crudos.
Mete todo ello en el horno precalentado a temperatura entre moderada y fuerte (200 grados) y cuécelo hasta que los huevos hayan cuajado, lo cual puede durar de 10 a 15 minutos.
Una vez listos los huevos perdidos, acompáñalos con las patatas cocidas que puedes servir con piel o sin ella.